Ana y las otras doncellas entraron a la habitación a toda prisa, con el rostro desencajado por el miedo. Ver a la Luna en ese estado, tan frágil entre las sábanas que antes parecían un trono de seda, las dejó paralizadas por un segundo. Ana, siendo la más experimentada, reaccionó de inmediato y buscó paños de agua tibia para intentar recuperar el calor en las manos de Aylén.—Traigan más mantas y preparen una infusión de jengibre —ordenó Ana, aunque sus propias manos temblaban—. Está demasiado fría, parece que la vida se le escapa por los poros.Mientras tanto, en los pasillos, Kael corría con una desesperación que no sentía desde que perdió la vista. Cruzó el gran salón y estuvo a punto de derribar a Rhevan, quien venía en dirección opuesta.—¡El médico, Rhevan! ¡Tráelo ahora o te juro que quemaré este castillo con todos adentro! —rugió Kael, agarrando al capitán por las solapas de su uniforme.—Señor, ya envié a un guardia, debe estar llegando a los aposentos —respondió Rhevan, impa
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