VALENTINAÉl deja escapar una risa baja, gutural, un sonido de puro y obsceno deleite, de triunfo absoluto. Es el sonido de un cazador que no solo ha atrapado a su presa, sino que la ha escuchado suplicar por la trampa.—Eso —susurra, y sus dedos, mojados de mí, acarician mi mejilla con una falsa ternura que es más humillante que un golpe—. Eso es mucho, mucho mejor. Ahora comienza el juego de verdad.Con un movimiento fluido, me hace bajar de sus rodillas. Me coloca a cuatro patas sobre la alfombra roja. El hábito queda abierto por detrás, ofreciéndome, exponiéndome por completo. Con una mano en mi cadera, me guía, me hace gatear unos pasos hasta quedar frente a un enorme espejo de marco dorado y oscuro. En él, veo mi reflejo: una monja deshecha, el rostro enrojecido, los ojos vidriosos de lágrimas y algo más, el hábito en desorden, mi postura de sumisión animal. Y tras mí, su figura elegante y enmascarada, el amo del juego.—Ahora, repite después de mí —ordena. Sus dedos, aún enguan
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