MARCOLuciana, que había permanecido como una estatua en el umbral, hizo un leve movimiento y junto a Giacomo se retiran, dejándonos solos.—No puedo seguir aquí —declaró ella, levantando la barbilla. Un gesto de su antiguo carácter, pero la voz le temblaba. —Escondida, como una rata. Mientras ellos… ¿quién sabe qué les está pasando?Finalmente, di un paso adelante. Lento, deliberado.—Si sales ahora, sin más que tu rabia por armadura, te atraparán antes de que llegues a la estación. Y entonces, sí, lo habrás logrado: estarás con ellos. Pero enterrada en el mismo agujero, o peor. ¿Eso les ayudará?Ella desvió la mirada, clavándola en las losas gastadas del suelo. Una lágrima, solitaria y feroz, se deslizó por su mejilla y cayó al polvo, dejando una marca oscura y perfecta.—¿Entonces qué? —La pregunta fue un grito ahogado, cargado de una desesperación que me perforó el pecho—. ¿Me quedo aquí, pudriéndome en mi miedo?—No —dije, y esta vez no moderé la determinación que ardía en mi voz
Leer más