21. A ti te quería encontrar
Anabell—¿Cómo me puedes decir que no sabes nada de esto?Mi voz sale más alta de lo que pretendía, pero ya no me importa. La habitación del hospital está iluminada con esa luz blanca insoportable que no perdona nada: ni las ojeras, ni el cansancio, ni la vergüenza. El televisor frente a la cama sigue encendido, como si alguien hubiera decidido torturarme a propósito.Gael está sentado frente a mí, todavía con la bata del hospital, una pierna ligeramente elevada, el cabello húmedo y revuelto. Parece cansado. Golpeado. Humano.Pero ahora mismo no me conmueve.—Anabel, te juro que estoy igual de sorprendido que tú —dice, pasando una mano por su cara—. Yo no autoricé ningún comunicado.Me río. Una risa seca, amarga, que me raspa la garganta.—Por favor, no me hagas reír.Él frunce el ceño.—Estoy hablando en serio.—¿Ah, sí? —señalo el televisor con un movimiento brusco—. Porque ahí afuera están hablando como si esto hubiera sido planeado al milímetro. Como si yo hubiera llegado aquí con
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