21. A ti te quería encontrar
Anabell
—¿Cómo me puedes decir que no sabes nada de esto?
Mi voz sale más alta de lo que pretendía, pero ya no me importa. La habitación del hospital está iluminada con esa luz blanca insoportable que no perdona nada: ni las ojeras, ni el cansancio, ni la vergüenza. El televisor frente a la cama sigue encendido, como si alguien hubiera decidido torturarme a propósito.
Gael está sentado frente a mí, todavía con la bata del hospital, una pierna ligeramente elevada, el cabello húmedo y revuelto. P