La noche en UMBRAEL no solía ser silenciosa. Rugía con el eco de manadas lejanas, con el murmullo de pactos sellados en sangre, con la respiración constante de un mundo que jamás dormía del todo. Pero aquella noche era distinta. No había aullidos. No había pasos. No había celebración ni presagio visible. La noche contenía la respiración. Bajo la superficie del dominio Lykan, en una cámara excavada siglos atrás en la roca negra del submundo, la magia antigua vibraba como una herida abierta. Runas de protección brillaban débilmente en los muros, activadas demasiado tarde, y el aire estaba cargado de un olor espeso: sangre, luna y nacimiento. En el centro de la cámara, sobre una cuna improvisada de madera clara, yacía una recién nacida. Lyra. Dormía envuelta en mantas blancas, ajena al temblor del mundo que la había engendrado. Su respiración era suave, regular, casi imposible para alguien que no debía existir. Su pecho subía y bajaba con un ritmo cálido, humano… y algo más profund
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