Mundo ficciónIniciar sesiónPOV MARY
La siento antes de verla.
No necesito escuchar la llave girar ni el roce de sus pasos en el pasillo. La casa cambia de temperatura apenas cruza el umbral, como si algo antiguo hubiera entrado con ella y se hubiera instalado en las paredes, en el aire, en mi pecho.
Lyra vuelve a casa…
pero no vuelve igual.Levanto la vista desde la cocina, donde el té aún humea intacto sobre la barra. No lo tomó. Lo sé sin mirar la taza. Lo sé porque lo huelo.
El rastro que trae consigo es débil, confuso, pero inconfundible. No es humano. No es lobo puro. Es algo que reconozco con un escalofrío lento, profundo.
Destino.
—Ya llegué —dice, intentando sonar normal.
Falla.
Su voz es la misma, pero su cuerpo no. Camina con una rigidez que no le conozco, como si cada músculo estuviera en guardia. Sus ojos claros evitan los míos apenas un segundo demasiado largo.
Ese segundo me basta.
—¿La pasaste bien? —pregunto, manteniendo el tono suave.
Asiente. Se quita la chaqueta. La cuelga. Sus manos tiemblan apenas. Lo suficiente para que lo note. No lo suficiente para que ella crea que se le escapa algo.
—Sí —responde—. Fue… intensa.
La palabra cae pesada entre nosotras.
Me acerco despacio, como se hace con algo que podría romperse o atacar. Lyra siempre ha sido fuerte, pero esta noche hay una tensión distinta bajo su piel. Como si su cuerpo hubiera aprendido una verdad que su mente aún no acepta.
Aspiro con cuidado, sin que lo note.
Ahí está.
No es solo ella.
Es otro.
Masculino. Dominante. Antiguo. Un rastro que no pertenece a ningún humano que haya cruzado esta casa antes. Mi estómago se contrae.
—Ven —le digo—. Siéntate.
Obedece. Siempre obedece cuando uso ese tono. Se sienta en el taburete frente a la barra y recién entonces parece darse cuenta del té.
—Se me olvidó —dice rápido—. Lo siento.
No la reprendo. No ahora.
Le acerco la taza, pero no la obligo a beber. La observo. La estudió como se estudia una grieta nueva en una estructura vieja.
—¿Bailaste? —pregunto.
—Sí.
—¿Con quién?
La pregunta es casual. Mi atención, no.
Duda. Apenas un parpadeo. Un microsegundo de más antes de responder.
—Con Ethan.
El nombre no me tranquiliza. No debería. Lo conozco. Es humano. Inofensivo. No es lo que huele en ella.
—¿Solo con él?
Lyra traga saliva.
—Había… mucha gente.
Ahí está.
Me apoyo en la barra, frente a ella, y dejo que mis sentidos se abran del todo. No a la fuerza. Nunca a la fuerza. Lo que percibo me eriza la piel bajo la ropa.
Algo la tocó sin tocarla.
Algo la reconoció. Algo respondió desde dentro.—Lyra —digo despacio—. ¿Te sentiste observada?
Sus ojos se clavan en los míos.
—Sí —admite—. Todo el tiempo.
No pregunta por qué lo sé. Nunca lo hace. Parte de ella siempre ha aceptado que yo veo cosas que no explico.
—¿Y qué sentiste?
Baja la mirada. Sus dedos se entrelazan con fuerza.
—Raro —dice—. Bien… y mal. Como si algo estuviera mal, pero no quisiera que se fuera.
El mundo se me detiene un segundo.
Eso no debía pasar.
No todavía.—¿Escuchaste algo? —pregunto, cuidando cada palabra—. No con los oídos.
Levanta la cabeza de golpe.
—¿Cómo sabes…?
No termina la frase.
—Respóndeme —le pido.
Duda. Lucha consigo misma. Finalmente, asiente.
—Sí —susurra—. Una voz. Dentro. No era mía… pero tampoco ajena.
Cierro los ojos un instante.
Maldita sea.
La profecía no debía moverse tan pronto. El bloqueo debía resistir más tiempo. El té. La rutina. El anonimato. Todo estaba calculado para protegerla de esto.
Y aun así…
—¿Qué decía? —pregunto.
Lyra se estremece.
—Era… posesiva —admite—. No me gustó.
Miente.
—Decía que… algo era suyo.
El silencio cae pesado entre nosotras.
Miro la taza de té. La taza que no tomó. La taza que habría amortiguado lo suficiente como para que esta noche fuera solo una noche más.
—Ve a dormir —le digo, finalmente—. Mañana hablamos.
—¿No estás enojada?
La miro con firmeza, con amor, con miedo.
—No —respondo—. Estoy alerta.
Asiente. Se levanta. Camina hacia su habitación y se detiene en la puerta.
—Mary…
—¿Sí?
—Siento que hice algo mal —dice—. Pero no sé qué.
Mi pecho se aprieta.
—A veces —le digo—, lo que despierta no es una decisión. Es un llamado.
Se va.
Cuando la puerta de su habitación se cierra, me quedo sola con la casa y con lo que acaba de entrar en ella. Camino despacio hasta la ventana y la abro apenas, dejando que el aire nocturno me golpee el rostro.
Aspiro.
Ahí está.
Más tenue ahora, pero presente. Un rastro que no pertenece a esta casa… pero que ya la conoce.
—La encontraste —murmuro, sin saber a quién hablo.
Aprieto los dedos contra el marco de la ventana.
No sé si aún llego a tiempo.
Solo sé que esta noche, algo antiguo volvió a mirar hacia ella.
Y el mundo no suele hacerlo sin cobrar su precio.







