Mundo ficciónIniciar sesiónPOV LYRA
No me suelta.
No aprieta.
No duele.Pero tampoco me deja ir.
Su mano sigue cerrada alrededor de mi muñeca, firme, segura, como si el concepto mismo de escape no existiera entre nosotros. El pasillo parece más estrecho ahora. O tal vez soy yo la que ocupa demasiado espacio dentro de mi propio cuerpo.
—Suéltame —digo.
Mi voz no tiembla.
Eso me sorprende.Él no sonríe. No se disculpa. No se mueve un solo centímetro hacia atrás. Me observa como si estuviera evaluando algo más profundo que mi rostro. Como si mirara a través de mí.
—No —responde.
Una sola palabra. Grave. Controlada.
No suena como una negativa. Suena como un hecho.Siento un tirón interno, una mezcla absurda de rabia y… algo más. Algo que no debería estar ahí. Mi cuerpo reacciona antes que mi orgullo y doy un paso atrás con fuerza suficiente para romper el contacto.
Lo logro.
Me libero de su mano y el aire frío golpea la piel donde me tocó, dejándola sensible, alerta, como si hubiera perdido algo al separarnos.
—¿Quién crees que eres? —espetó, más por necesidad que por valentía.
Él inclina la cabeza apenas, observándome con una intensidad que me desarma. No parece molesto. Parece… intrigado. Como si mi reacción fuera exactamente lo que esperaba.
—Tú dime —contesta.
Se acerca medio paso.
No invado su espacio.
Él invade el mío.Mi espalda roza la pared del pasillo. El frío de la superficie contrasta con el calor que se acumula bajo mi piel. Puedo sentir su presencia sin que me toque: el peso de su cuerpo, su respiración controlada, el aroma que ahora lo envuelve todo.
Chocolate oscuro.
Algo más profundo. Algo que hace que mi estómago se tense.—Aléjate —digo.
Debería sonar a advertencia.
Suena a súplica.
Mis propias palabras me traicionan.
—No quieres eso —responde él, en voz baja.
No es arrogancia.
Es certeza.—No sabes lo que quiero —replico, girando el rostro apenas, intentando romper el efecto de su cercanía.
Su mirada sigue la mía. No me deja escapar ni siquiera con los ojos.
—Sí lo sé.
El tono me eriza la piel. Siento cómo algo se desliza lento por mi columna, encendiendo puntos que no sabía que existían. Mi respiración se vuelve irregular y lo odio por notarlo. Por quedarse quieto mientras yo pierdo el control.
Nunca me había sentido así.
Nunca.
El deseo me golpea de frente, brutal, irrefrenable. No es una idea. No es una fantasía. Es físico. Real. Mi cuerpo responde con una claridad obscena, reclamando algo que mi mente no puede procesar.
Esto no debería estar pasando.
Mary dijo que no era posible. Que yo no podía sentir esto.Y sin embargo…
Es nuestro.
La voz vuelve, clara, firme, posesiva.
Mi pecho se aprieta. Trago saliva, intentando ignorarla, pero el eco de esa palabra se expande dentro de mí como una orden antigua.
—¿Lo escuchaste? —pregunta él de pronto.
Me tenso.
—¿Qué cosa?
Sus labios se curvan apenas. No es una sonrisa. Es reconocimiento.
—Nada —dice—. Olvídalo.
Se inclina un poco más. Puedo sentir el calor de su cuerpo ahora, la cercanía peligrosa, el espacio reducido a una línea invisible entre su boca y la mía. Mis manos tiemblan, no por miedo, sino por el impulso absurdo de tocarlo.
No lo hago.
No todavía.
—Esto es una mala idea —susurro.
—Las mejores lo son —responde.
Nuestros rostros están demasiado cerca. Siento su respiración mezclarse con la mía. El mundo fuera de este pasillo deja de existir. No hay música. No hay bar. No hay amigos.
Solo esto.
Solo él.
Mis labios se separan sin que lo decida. El deseo pulsa, insistente, empujándome hacia adelante. Él baja la mirada un segundo, siguiendo el gesto, y ese segundo es suficiente para que todo se descontrole.
Está a punto de pasar.
Lo sé.
Lo siento.Y entonces…
—¡Lyra!
La voz de Ethan rompe el momento como un golpe seco.
Parpadeo, sobresaltada. El hechizo se quiebra. El desconocido se tensa al instante, como un animal al que le acaban de arrebatar algo.
Ethan aparece al final del pasillo, confundido, preocupado. Sus ojos van de mí al hombre frente a mí, y algo en su expresión cambia al notar la cercanía, la postura, la tensión palpable.
—¿Todo bien? —pregunta, aunque su tono dice que no lo cree.
Me separo de inmediato, dando un paso lateral. El aire frío vuelve a golpearme y lo agradezco más de lo que debería.
—Sí —respondo rápido—. Solo… estaba saliendo.
El desconocido no se mueve.
Su mirada se clava en Ethan con una furia que me deja helada. No es celos humanos. Es algo más oscuro. Más primitivo. Siento la presión invisible de su enojo como si fuera física.
Sus manos se cierran en puños.
—¿Quién eres? —pregunta Ethan, incómodo.
El hombre no responde.
Sus ojos vuelven a mí una última vez. Intensos. Ardientes. Como si estuviera grabándome en algún lugar del que no piensa borrarme.
Nuestro.
La palabra resuena dentro de mí con fuerza suficiente para hacerme temblar.
Y entonces él se aparta.
No del todo.
No realmente.Pero lo suficiente para que el mundo vuelva a girar.
No sé quién es.
No sé qué acaba de pasar.Solo sé que nada…
absolutamente nada… volverá a sentirse igual después de esta noche






