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CAPITULO 3: Lo que despierta en el espejo

POV LYRA

El baño está más frío que el resto del bar.

La puerta se cierra detrás de mí y el ruido se amortigua de golpe, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Apoyo las manos en el lavabo y me inclino un poco hacia adelante, respirando hondo. El espejo me devuelve una imagen que no reconozco del todo.

Mis mejillas están sonrojadas. 

Mis ojos brillan demasiado. 

Mi pulso… está desbocado.

—Contrólate —murmuro.

El sonido de mi propia voz me resulta extraño, como si no hubiera salido exactamente de mí. Abro el grifo y dejo que el agua fría corra sobre mis muñecas. La sensación debería calmarme. Siempre lo hace.

Esta vez no.

Cierro los ojos y trato de ordenar mis pensamientos como si fueran datos: estímulo, reacción, causa. Nada encaja. No he bebido demasiado. No estoy nerviosa. No hay peligro real.

Entonces, ¿por qué siento esto?

Ese olor vuelve a mi memoria con una claridad perturbadora. Chocolate oscuro. Calor. Algo masculino, denso, que no se parece a ningún perfume que haya olido antes. Me estremezco sin querer, y aprieto los dedos contra la porcelana del lavabo.

No es deseo. 

No todavía.

Es… reconocimiento.

La idea me sobresalta.

Sacudo la cabeza, como si pudiera expulsarla físicamente. Me observo otra vez en el espejo y fuerzo una sonrisa que no termina de cuajar.

—Es solo una noche —me digo—. Solo ruido. Solo gente.

Respiro hondo una vez más, tomo una toalla de papel y me seco las manos. Me incorporo despacio, alisando el vestido, asegurándome de que todo esté en su lugar. La Lyra que sale de este baño tiene que ser la misma que entró.

Normal. 

Humana. 

Controlada.

Abro la puerta.

El pasillo que conecta los baños con el resto del bar está más oscuro, más estrecho. Doy apenas dos pasos cuando ocurre.

Una mano se cierra alrededor de mi muñeca.

No es brusca. 

No es violenta.

Es firme.

Gruesa. 

Cálida. 

Segura.

Mi primer impulso debería ser el miedo. El sobresalto. El grito. Todo lo que me han enseñado a sentir en situaciones así.

No ocurre.

Mi cuerpo se queda quieto.

Mi corazón se acelera, sí, pero no por pánico. Por otra cosa. Algo que se expande desde el punto exacto donde su piel toca la mía y recorre mi brazo como una corriente lenta y poderosa.

Alzo la vista.

El hombre frente a mí es alto. Mucho más de lo que había calculado. Ocupa el espacio con una naturalidad que no parece forzada, como si el mundo estuviera acostumbrado a apartarse para dejarlo pasar. Sus hombros son anchos, su postura relajada, pero contenida, como un animal que no necesita mostrar los dientes para que se sepa peligroso.

Es… muy guapo.

No de una forma suave. 

No de una forma amable.

Hay algo en sus rasgos —en la línea firme de su mandíbula, en la intensidad de su mirada— que no invita, ordena. Sus ojos, de un color imposible de precisar en la penumbra, se clavan en los míos con una atención absoluta, como si yo fuera lo único que existe en este pasillo estrecho.

No habla.

Solo me mira.

Trago saliva. Siento la presión de sus dedos en mi muñeca, no apretando, pero tampoco soltando. Podría apartarme. Lo sé. Nada me lo impide físicamente.

No lo hago.

El aire entre nosotros cambia. Se vuelve más denso. Más cargado. Y entonces, sin previo aviso, él se inclina apenas hacia mí.

No lo suficiente para tocarme con el cuerpo.

Solo lo suficiente para respirar.

Su rostro se acerca a mi cuello y lo siento antes de que ocurra: el calor de su presencia, la cercanía abrumadora, el mismo aroma que me ha estado persiguiendo toda la noche ahora concentrado, intenso, real.

Chocolate oscuro. 

Algo más profundo. 

Algo que me atraviesa.

Cierro los ojos sin decidirlo.

Su respiración roza mi piel.

Y él me huele.

Sin pudor. 

Sin prisa. 

Como si tuviera todo el derecho del mundo.

Un escalofrío me recorre de arriba abajo, tan intenso que tengo que morderme el labio para no reaccionar. Mis piernas se sienten extrañamente débiles, y al mismo tiempo, más fuertes que nunca.

Dentro de mí, algo se mueve.

Algo que no conocía. 

Algo que ha estado dormido demasiado tiempo.

Y entonces, por primera vez, la escucho con claridad.

Mío.

La palabra no viene de él.

Viene de mí.

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