CAPITULO 7: Territorio

POV KAEL

La veo bailar con él.

No debería importarme. No debería sentir nada más que desprecio por el humano torpe que cree tener derecho a tocarla. Pero el momento en que sus manos se posan en la cintura de ella, algo dentro de mí se quiebra con un sonido seco, irreparable.

Nox despierta por completo.

No es gradual. No es una advertencia. Es una embestida brutal contra mis pensamientos, contra mi autocontrol, contra la máscara de Alfa que he llevado durante siglos. La sangre me hierve, la mandíbula se me tensa hasta doler, y tengo que clavar los dedos en la madera de la mesa para no moverme de inmediato.

Quítalo, ruge Nox, violento, posesivo. Arráncale las manos. No tiene derecho.

Velka se mueve sobre mí en ese instante, buscando atención, buscando control. Su cercanía, que antes era una descarga cómoda, ahora me resulta insoportable. Cuando intenta rozarme de nuevo, Nox empuja desde dentro con una fuerza que apenas consigo contener, y mi cuerpo reacciona antes de que pueda suavizar el gesto.

La aparto.

No con cuidado. 

No del todo.

Velka pierde el equilibrio apenas un segundo, lo suficiente para que me mire con sorpresa y rabia. Su loba se agita, ofendida, confundida, pero no me importa. Nada me importa excepto la escena frente a mí: ella, demasiado cerca del humano, demasiado viva, demasiado ajena a lo que despierta.

—Kael —dice Riven a mi lado, en voz baja—. Mírame.

No lo hago.

Mis ojos están clavados en la pista. En cómo ella se mueve. En cómo el humano sonríe, inconsciente del peligro que acaba de provocar. Nox empuja con más fuerza, y siento el cambio antes de que Riven lo confirme.

Mi visión se oscurece un instante. 

Luego vuelve… dorada, pero inestable.

—Nox está afuera —murmura Riven, tenso—. Respira.

No respiro.

Porque entonces ella lo besa.

No es largo. No es torpe. Es suficiente.

La ira me atraviesa como una descarga eléctrica. Todo lo demás desaparece: el bar, la música, la gente. Solo existe esa imagen, grabándose a fuego en mi mente. La idea se forma de inmediato, cruel, insoportable: ella puede irse con él. Puede llevarlo a su casa. Puede dejar que la toque, que la pruebe, que la reclame de una forma que no le pertenece.

Mátenlo, ordena Nox, sin matices. Ahora.

Me pongo de pie de golpe. La silla cae hacia atrás con estrépito. Mi cuerpo ya está avanzando cuando Riven me bloquea, firme, preparado, usando todo su peso y su rango para frenarme.

—Kael —me habla directo al enlace mental de la manada, solo para mí—. Si cruzas esa sala, no hay vuelta atrás.

Mis manos tiemblan. No de duda. De contención forzada.

—Se la va a llevar —respondo por el enlace, con la voz rota por la furia—. La va a tocar.

—No lo sabes.

—Lo huelo.

Riven aprieta los dientes. Sabe que es verdad. Sabe que no estoy pensando con claridad, pero también sabe que Nox no ruge sin razón.

Entonces ella se separa del humano.

Habla rápido. Tira de su brazo. Salen.

La puerta se cierra detrás de ellos.

El mundo vuelve a su sitio de golpe, y con él llega algo parecido a la consciencia. No calma. No paz. Pero sí control suficiente para no destruir todo a mi paso.

La idea sigue ahí, clavada como una espina: ella en la oscuridad con otro. Su olor mezclándose con el de él. Su cuerpo respondiendo a manos equivocadas.

Eso me devuelve el control.

—Riven —digo en voz baja, todavía tenso—. Llévalos a casa.

—¿A todos? —pregunta, estudiándome.

—A todos.

Me giro hacia el resto de la mesa, hacia Velka, hacia los demás, y dejo que la autoridad se filtre en mi voz como una orden inapelable.

—La noche terminó. Nos vamos.

No hay protestas. No las habría aunque las esperara. Cuando un Alfa habla así, se obedece.

Riven asiente. Se mueve rápido, organizando la retirada. Yo no me despido. No explico. No miro atrás.

Salgo del bar solo.

La noche me recibe con aire frío y húmedo. Aspiro hondo, buscando el rastro que ya conozco demasiado bien. El olor de ella sigue fresco, marcado por la cercanía reciente, por la agitación, por algo que no alcanzo a definir.

Camino.

No corro. No lo necesito.

Sigo el rastro por calles humanas, entre luces apagadas y edificios silenciosos. Cada paso me centra más. Cada inhalación afina el objetivo. Nox no se calma, pero se enfoca. Ya no quiere sangre inmediata. Quiere posesión.

Cuando me detengo frente al edificio donde el olor se concentra, lo sé con certeza absoluta.

Aquí vive.

Apoyo la mano en la pared, cerrando los ojos un instante, y dejo que la noche me envuelva.

—No vuelvas a irte con nadie —murmuro para mí mismo—. Porque no pienso permitirlo.

Nox ronronea, satisfecho.

Es nuestra, repite.

Y esta vez, no lo contradigo.

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