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CAPITULO 1: La noche en que algo me reconoce

POV LYRA

Cumplo diecinueve años hoy.

No se siente distinto. 

Nunca se siente distinto.

Me despierto antes de que suene el despertador, como siempre. El cielo todavía está gris, apenas aclarando entre los edificios, y el silencio de la mañana pesa de una forma que me resulta familiar. Hay algo en ese momento exacto —justo antes de que el mundo humano despierte del todo— que siempre me resulta más honesto. Menos ruidoso. Menos falso.

Me quedo quieta, mirando el techo, escuchando mi propia respiración.

Regular. Controlada. 

Demasiado.

Siempre ha sido así.

Me levanto sin hacer ruido, aunque no hay nadie a quien pueda despertar. Mary ya debe estar en la cocina. Siempre está despierta antes que yo, aunque nunca parece cansada. Dice que es la costumbre de los años. Yo creo que simplemente nunca duerme del todo.

En el baño, el espejo me devuelve una imagen que reconozco, pero que nunca siento completamente mía.

Piel clara. 

Cabello oscuro, largo, indomable incluso cuando intento domarlo. 

Ojos claros que llaman la atención más de lo que quisiera.

Hay algo en mi mirada que no sé explicar. Algo que no coincide con el resto del mundo. Algo que hace que la gente me observe un segundo de más… y luego se incomode.

Aprendí hace años a bajar la vista. A encorvar apenas los hombros. A fingir torpeza.

Funciona.

Siempre funciona.

Me visto rápido para la universidad: jeans, una sudadera amplia, tenis. Nada que destaque. Nada que invite preguntas. Mientras me recojo el cabello en una coleta baja, pienso en el día que tengo por delante. Clases, laboratorio, café con Emma y Noah entre horas, mensajes de cumpleaños que responderé con sonrisas ensayadas.

Biología.

A veces me pregunto si la elegí yo… o si simplemente era inevitable.

La vida, al menos la que me han contado, tiene sentido cuando la miro desde ese ángulo. Células, estructuras, ADN, patrones. Todo responde a algo. Todo tiene una razón. Incluso las anomalías.

Yo.

En el laboratorio, soy mejor que casi todos. Más rápida. Más precisa. Más resistente a las horas interminables de pie, a la falta de sueño, al estrés. Lo sé. Siempre lo he sabido. Pero también sé fingir que me cuesta. Fingir que me equivoco. Fingir que necesito ayuda.

Nadie sospecha de quien se equivoca a propósito.

Durante la clase, el profesor habla de evolución y mutaciones, y una parte de mí —esa que siempre está despierta— se tensa. Como si escuchara algo personal. Como si esas palabras no fueran abstractas.

Apunto todo. Siempre apunto todo.

—¿Lista para esta noche? —susurra Emma a mi lado cuando el profesor se da la vuelta.

La miro y sonrío.

Emma es pura energía. Ruidosa, expresiva, humana hasta la médula. Cabello rubio, labios pintados incluso a las ocho de la mañana, risas que llenan cualquier espacio. Me adoptó el primer día de clases como si hubiera decidido que yo necesitaba una amiga.

Tal vez tenía razón.

—No lo sé —respondo, sincera—. No soy muy de bares.

—Cumples diecinueve, Lyra —interviene Noah desde atrás—. Es literalmente ilegal no celebrarlo.

Ruedo los ojos.

Noah siempre exagera. Es alto, desgarbado, con esa sonrisa fácil que hace que la gente confíe en él sin darse cuenta. Nos conocemos desde primer semestre. Entre él y Emma me arrastraron, poco a poco, a una vida social que nunca habría buscado sola.

Y luego está Ethan.

Siento su mirada antes de verlo. Siempre es así.

Levanto la vista y lo encuentro apoyado contra la pared, observándome como si intentara descifrar algo que nunca termina de entender. Ethan es atractivo de una forma simple: cabello castaño, barba incipiente, cuerpo trabajado sin exagerar. Es amable. Paciente. Seguro.

También es… complicado.

Nuestra relación es intermitente. Nunca lo hemos definido. Nunca hemos cruzado ciertas líneas. No por falta de intentos de su parte, sino por algo en mí que siempre se frena justo antes.

Como si una puerta interna se cerrara.

—¿Vas a venir o vas a inventar otra excusa? —me pregunta, acercándose.

Su voz es suave. No presiona. Nunca lo hace.

—Tal vez —digo—. Depende de cómo me sienta.

Ethan sonríe, pero hay algo en sus ojos que se apaga un poco. No me reclama. No insiste. Y eso me incomoda más que cualquier reproche.

Hay noches en las que me pregunto si soy defectuosa. 

Si hay algo roto en mí.

Porque el deseo… está ahí. Lo sé. Puedo reconocerlo en otros, estudiarlo casi como si fuera un fenómeno externo. Pero en mí se siente dormido. Aletargado. Como si estuviera esperando algo que no llega.

Como si yo no fuera suficiente para despertarlo.

Termino el día con una sensación extraña bajo la piel. No es ansiedad. No es emoción. Es… expectativa. Una vibración leve, persistente, que no consigo explicar.

Cuando vuelvo a casa, el sol ya empieza a caer.

Mary está en la cocina, como esperaba. Lleva su ropa sencilla de siempre, el cabello recogido, las manos ocupadas preparando algo caliente. Huele a hierbas, a té, a hogar.

—Feliz cumpleaños —dice sin volverse.

—Gracias.

Me dejo caer en la silla frente a la barra. Mary se mueve con una calma que siempre me ha tranquilizado. Ella me crió. Ella me salvó, según su versión. Ella fue quien me explicó quiénes eran mis padres… y por qué debía ser cuidadosa.

—Tus amigos te llevarán a celebrar esta noche —afirma, más que pregunta.

—Eso parece.

Mary asiente, pensativa. Luego desaparece un momento y regresa con una caja pequeña, envuelta en tela oscura.

—Esto era de tu padre —dice—. Y esto… de tu madre.

Dentro hay dos objetos. Los reconozco, aunque rara vez los miro. Un colmillo blanco tallado, suave al tacto, frío de una forma extraña. Y una cadena de metal oscuro con un anillo antiguo.

—Te dije que no los muestres —añade, mirándome con seriedad—. A nadie.

—Lo sé.

—Lyra… —hace una pausa—. No olvides quién eres.

Asiento, aunque una parte de mí siempre duda. Porque sé quién creo ser. Pero nunca he estado segura de que esa historia esté completa.

—No te metas en problemas —continúa—. Y no olvides el té.

Lo deja sobre la barra. El vapor sube lentamente, con ese aroma familiar que he tomado toda mi vida. Siempre antes de salir. Siempre antes de exponerte.

—No lo haré —miento sin saberlo.

Me cambio rápido. Vestido negro sencillo, botas. Nada provocativo. Nada que destaque demasiado. Me miro al espejo y siento ese viejo desajuste interno. Como si estuviera disfrazada de algo que no termina de encajar.

Cuando mis amigos pasan por mí, la noche ya ha caído por completo.

Risas. Música. Expectativa.

Salimos juntos, y mientras caminamos hacia el bar, algo dentro de mí se mueve. No sé por qué. No hay peligro. No hay amenaza visible. Pero mi cuerpo está alerta.

Cuando empujo la puerta del bar y entro…

El aire cambia.

No es el olor a alcohol. 

No es la música.

Es otra cosa.

Mi piel se eriza. 

Mi corazón se acelera. 

Mis pulmones se llenan de un aire que parece más denso.

Es como si el espacio mismo se hubiera tensado al reconocerme.

Me detengo un segundo, sin saber por qué.

—¿Todo bien? —pregunta Emma.

Asiento, pero no estoy segura.

Porque mi cuerpo sabe algo que mi mente no entiende.

Y sea lo que sea… 

acaba de despertarse.

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