Valentina salió del salón de té con la espalda recta y el mentón en alto, sosteniendo una máscara de dignidad que se desmoronó en el mismo instante en que cerró la puerta del auto. El trayecto a casa fue un borrón de luces y ruidos; el temblor en sus manos no se detenía y las lágrimas, gruesas y calientes, comenzaron a rodar por sus mejillas. Se sentía sucia, agredida en lo más profundo de su ser por las palabras de Eleanor. Al llegar al Penthouse, no saludó a nadie. Se encerró en su habitación, se dejó caer sobre la cama y lloró con un dolor sordo, un llanto que nacía de la incredulidad ante tanta crueldad. "Abortar", la palabra resonaba en su cabeza como un eco siniestro, mientras sentía las patadas suaves de sus hijos, recordándole que eran reales, que eran suyos.Mientras tanto, Eleanor conducía su auto con una furia terrible. El volante crujía bajo sus dedos enguantados. Estaba indignada por la "arrogancia" de Valentina. ¿Cómo se atrevía esa mujer, una advenediza con pasado dudo
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