Declan colgó el teléfono con fuerza, sintiendo que la ira le tensaba cada músculo del cuello. Al girarse para regresar a la habitación, se quedó helado. Valentina estaba allí, de pie en el umbral del pasillo, con los brazos cruzados y una expresión indescifrable. No había reproche en su mirada, sino una determinación que a él le resultó nueva.
—No tienes que protegerme de ella, Declan —pronunció, dando un paso adelante—. Ya no soy la niña asustada que salió de la casa Fairchild. No le tengo mie