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La mañana comenzó con una tensión palpable en el dormitorio principal. Cuando Declan despertó, el techo pareció oscilar sobre él. Intentó incorporarse, pero un vértigo traicionero lo obligó a cerrar los ojos y apretar las sábanas con los puños. Valentina, que ya estaba despierta y sentada al borde de la cama, lo observó con una fijeza que delataba su preocupación.

—Sigues pálido, Declan —emitió, acercándose para poner una mano en su frente—. Lo de anoche no fue un simple cansancio. Estás ardien
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