La mañana en Nueva York nació con un frío gris, pero para Eleanor Westerfield, el clima era lo de menos. Su mente, nublada por una mezcla tóxica de orgullo herido y una necesidad obsesiva de control, operaba a una velocidad peligrosa. En su lógica retorcida, ella no estaba traicionando a su hijo; lo estaba "rescatando" del abismo. Si destruía la imagen de paz que Declan intentaba construir en Italia, él no tendría más remedio que regresar al redil, al orden, a la frialdad de los negocios donde ella podía manejarlo.Con manos temblorosas por la adrenalina, Eleanor seleccionó las fotografías más comprometedoras: Declan saliendo del edificio de Valentina, Declan caminando cerca de ella, Declan mirando con devoción a la mujer que Eleanor despreciaba. Usando un canal encriptado y un intermediario anónimo, hizo llegar el material a la única persona que sabía que quemaría Nueva York con esa chispa: Edward.En su oficina privada, Edward recibió la notificación. Al abrir el archivo adjunto, su
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