El caos en Nueva York no se detuvo con la filtración de las fotografías; apenas era el prólogo de una tragedia diseñada por el despecho. Lorena Miller, sentada en su habitación, devoraba con los ojos el artículo de Edward. Al principio, la rabia la cegó, pero pronto, su mente retorcida encontró la grieta perfecta. El público no sabía que Declan la había dejado. Para el mundo, ella seguía siendo la prometida humillada.
—¿Quieres jugar a la familia feliz en Italia, Declan? —siseó Lorena, secándos