La mañana en Nueva York nació con un frío gris, pero para Eleanor Westerfield, el clima era lo de menos. Su mente, nublada por una mezcla tóxica de orgullo herido y una necesidad obsesiva de control, operaba a una velocidad peligrosa. En su lógica retorcida, ella no estaba traicionando a su hijo; lo estaba "rescatando" del abismo. Si destruía la imagen de paz que Declan intentaba construir en Italia, él no tendría más remedio que regresar al redil, al orden, a la frialdad de los negocios donde