El silencio que siguió a las palabras de Valentina en el teléfono era denso, cargado de una angustia que Declan sentía como un lazo apretándose en su cuello. Él cerró los ojos, tratando de proyectar una calma que no poseía, pero que ella necesitaba desesperadamente para no desmoronarse.
—No te preocupes, Valentina. Te entiendo perfectamente —dijo él, suavizando su tono, luchando por ser el ancla en medio de su tormenta—. Sé que estás preocupada, sé que todo esto te afecta demasiado, pero realme