El solsticio de verano llegó a la mansión de la Manada del Este no con calidez, sino con una atmósfera cargada de electricidad estática y presagios. La propiedad de Maria bullía con una actividad frenética. Carruajes de lujo y vehículos blindados llegaban desde todos los puntos cardinales, transportando a la élite de las manadas más poderosas del continente. El aire estaba saturado con el perfume de miles de rosas blancas y el olor metálico de la ambición que emanaba de las Matriarcas.
Los Preparativos: Máscaras de Seda
En el ala principal, la servidumbre corría de un lado a otro. Maria supervisaba cada detalle de su vestuario: un vestido de terciopelo verde esmeralda, oscuro como el bosque a medianoche, adornado con esmeraldas que habían pertenecido a Filipo. A su lado, Valeria lucía una túnica de seda negra con hilos de oro, proyectando la autoridad de una reina que no admite réplicas. Para ellas, esta noche no era una celebración, era un tablero de ajedrez donde las piezas estaba