El solsticio de verano llegó a la mansión de la Manada del Este no con calidez, sino con una atmósfera cargada de electricidad estática y presagios. La propiedad de Maria bullía con una actividad frenética. Carruajes de lujo y vehículos blindados llegaban desde todos los puntos cardinales, transportando a la élite de las manadas más poderosas del continente. El aire estaba saturado con el perfume de miles de rosas blancas y el olor metálico de la ambición que emanaba de las Matriarcas.
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