El mar estaba en calma.Las olas mecían el barco suavemente, como si nos arrullaran. El cielo estaba lleno de estrellas, más de las que había visto en toda mi vida. El viento soplaba tibio, trayendo olor a sal y a libertad.Desde que el puerto quedó atrás, sentí que podía respirar por primera vez en días.—¿Cansada? —preguntó Ezra, apoyado en la barandilla.—Un poco —respondí—. Pero es un buen cansancio.—¿Existe eso?—Cuando es por algo que vale la pena, sí.Me miró, esbozó una sonrisa torcida, como burlón. —Eres filósofa ahora.—Siempre lo fui —respondí elevando el mentón orgullosa —. Solo que no te habías dado cuenta. —Tendré que pedirte consejos más seguido entonces. Nos quedamos en silencio. El ruido del motor. El chapoteo de las olas. El viento.—Tenemos que hablar —dije.—¿De qué?—De algo que tendría que haberte dicho hace tiempo. Pero no sabía cómo. No sabía cuándo. No sabía si estabas listo.—Suena grave. ¿Debo preocuparme?—No —respondí—. Es lo mejor que me pasó en mucho
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