EMELY.Sujeté la taza entre mis manos, sintiendo el calor del líquido infundido con los medicamentos que la doctora me había recetado. El aroma era herbal, un poco amargo, pero sabía que cada sorbo era una armadura para mis bebés. No podía quedarme quieta; la energía de Kia y la mía propia estaban en un punto de ebullición, así que empecé a caminar de un lado a otro de la estancia, sintiendo el peso de mi vientre y la vibración de la vida que estaba a solo tres días de cambiarlo todo.Frente a mí, Selene y Soraia me observaban. Me detuve en seco, mirándolas fijamente, y solté la pregunta que me llevaba dando vueltas en la cabeza desde que amaneció.Selene, mi suegra, dejó su labor y me dedicó una de esas sonrisas que parecen contener toda la sabiduría de la manada.—Es un estallido de naturaleza pura, Emely —respondió con calma, acercándose a mí—. Sentirás que el mundo se detiene y que tu cuerpo deja de pertenecerte para convertirse en un puente. Duele, no te voy a mentir, es un dolor
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