OLIVAR.Salí al balcón de piedra de la mansión, buscando que el aire gélido de la noche me ayudara a apagar el incendio que llevaba por dentro. La oscuridad del bosque se extendía frente a mí como un océano de sombras, pero mis ojos estaban fijos en lo alto. La luna brillaba con una claridad insultante, casi llena, recordándome que el tiempo se nos escurría entre los dedos.—¿Es eso lo que quieres? —susurré, apretando la barandilla con tanta fuerza que el mármol empezó a crujir— ¿Quieres cobrarte su vida a cambio de la paz de la manada? No te lo voy a permitir. Si eres una diosa, prepárate para que un Alfa te declare la guerra.En mi interior, Varko empezó a removerse. Su energía era una marea pesada, un instinto de muerte que pedía ser desatado. Sentía sus garras invisibles rascando mi consciencia, pero esta vez no era rabia pura; era una advertencia.«Calma, Olivar», retumbó su voz en mi mente, profunda y ancestral. «Si te rompes ahora, ella caerá contigo. El lobo no sobrevive si el
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