OLIVAR.La cena transcurrió bajo un silencio pesado, roto solo por el tintineo de los cubiertos contra la porcelana. Observé a Emely de reojo; se veía entera, pero la energía del Requiem todavía vibraba en el aire a su alrededor. Mi padre, Magnus, fue el primero en romper la calma, dejando su copa sobre la mesa con un gesto solemne.—Es un poder fascinante —comentó él, clavando sus ojos en mi esposa—. El Requiem no es solo una onda de choque; es una voluntad física. A partir de ahora, Emely, quien se te acerque lo hará solo si tú lo deseas. Eres un escudo viviente.—Y un complemento necesario —añadió Garino, asintiendo con respeto hacia mí—. Si combinamos esa barrera de la Luna con tus rayos, Olivar, tenemos la defensa y el ataque definitivos. Vargo no tiene forma de romper una unión así; mientras tú golpeas con el cielo, ella mantiene el terreno infranqueable.Soraia, la mujer de Garino, se inclinó hacia adelante con una curiosidad que no pudo disimular.—¿Sabías que tenías ese don,
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