Jagger StewartConducir de regreso a la hacienda se sintió como atravesar un portal. El asfalto de Nashville quedaba atrás y, con cada kilómetro de carretera flanqueada por robles, el peso del apellido Stewart —ese que durante años cargué como una armadura de espinas— se sentía más ligero. Ya no era una marca de infamia. Ahora, gracias a la mujer que dormitaba a mi lado, era el prefijo de algo sagrado.Arielle tenía la cabeza apoyada en el cristal, una mano descansando sobre su vientre. Cuatro meses. Nuestra hija, Melody, había estado allí, silenciosa y resistente, mientras nosotros terminábamos de desmantelar las ruinas de Chicago. No era una Christian por sangre, y aunque esa familia nos había dado un refugio, ella llevaría nuestro nombre. Un nuevo linaje Stewart, nacido del arte y no del miedo.—¿Crees que a las abuelas les guste el segundo nombre? —susurró Arielle sin abrir los ojos, adivinando mis pensamientos.—Les va a encantar, Ari. Es el tratado de paz definitivo —respondí, a
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