Jagger Stewart
Conducir de regreso a la hacienda se sintió como atravesar un portal. El asfalto de Nashville quedaba atrás y, con cada kilómetro de carretera flanqueada por robles, el peso del apellido Stewart —ese que durante años cargué como una armadura de espinas— se sentía más ligero. Ya no era una marca de infamia. Ahora, gracias a la mujer que dormitaba a mi lado, era el prefijo de algo sagrado.
Arielle tenía la cabeza apoyada en el cristal, una mano descansando sobre su vientre. Cuatro