El crepúsculo sobre Miami tenía un color sangriento, casi tan violento como el nudo que sentía en la garganta. Estaba de pie en el balcón de mi penthouse, con un vaso de whisky en la mano, viendo cómo las luces de la ciudad empezaban a parpadear como ojos burlones. Detrás de mí, en la sala inundada de luz cálida y fragancia de orquídeas caras, estaba Maia.Maia era la personificación de la perfección. Era dulce, leal, hermosa de una manera clásica y, sobre todo, me adoraba. Ese era el problema. Me adoraba con una devoción que, en ese momento, me hacía sentir como el peor de los criminales.— Jesse, ¿estás bien? —su voz, suave como la seda, me sacó de mis pensamientos—. Has estado muy callado desde que volvimos de la isla. Tu madre dice que el vuelo fue agotador, pero te conozco... hay algo más.Me giré lentamente. Ella estaba sentada en el borde del sofá, con un vestido ligero que acentuaba su fragilidad. No podía seguir con esto. La noche en la choza con Valentina no había sido un des
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