El sol de la mañana en Little Hope Cay era una caricia de seda dorada. Tras la confesión de la noche anterior, Matthew parecía caminar sobre las nubes. No solo no se había alejado, sino que su trato hacia mí se había vuelto casi reverencial. Me sentía protegida, sí, pero también sentía que estaba construyendo un castillo de naipes sobre una base de arena movediza.
Estábamos en la piscina infinita de nuestra villa privada. El agua, de un azul turquesa irreal, se fundía con el horizonte del Carib