Por primera vez en meses, la coraza se sentía ligera, casi inexistente. Mientras terminaba de cerrar mi maleta de mano en mi habitación, me miré al espejo y no vi a la directora de Daydream obsesionada con los cronogramas. Vi a Valentina. Llevaba un vestido de lino blanco, sencillo y vaporoso, y el cabello recogido en una trenza desordenada que me hacía parecer años más joven.Sentía una emoción infantil, una cosquilleo en el estómago que no tenía nada que ver con los negocios y todo con la libertad. Matthew me había prometido un refugio, y aunque el debate interno sobre lo que sucedería al cerrar la puerta de la suite me perseguía como una sombra, decidí empujarlo al fondo de mi mente. Quería ser la chica que ama el olor a salitre, la que ríe sin motivo, la que simplemente se deja llevar.Matthew me recogió temprano. Su sonrisa al verme fue tan genuina que sentí un calor reconfortante en el pecho. Él era mi puerto seguro, y hoy, estaba dispuesta a anclarme en él con todas mis fuerzas
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