Había permanecido en la penumbra absoluta del pasillo lateral, oculto por las pesadas cortinas de terciopelo carmesí que olían a polvo, a cera de vela y a la rancia historia de una familia que se creía intocable. Mi vaso de bourbon estaba casi vacío, el hielo derretido aguando el licor hasta dejarlo insípido, pero mis sentidos estaban más afilados que nunca. Había llegado a la mansión Andrews con la intención de presenciar mi propio funeral espiritual, esperando ver a Matthew sellar el destino