La oscuridad en el interior de la cabaña era una presencia física, un manto pesado que olía a madera vieja, a la estática de los equipos de Thomas y a la adrenalina que emanaba de Gabriel. Aura sentía su propio corazón golpear contra sus costillas, un ritmo frenético que contrastaba con la inmovilidad absoluta del hombre que la protegía. Gabriel no respiraba; acechaba. Su silueta era una sombra más densa contra el ventanal, su mano derecha fundida con la empuñadura de su arma. Fuera, la ventisc