El gas lacrimógeno inundó el establo como una niebla espectral, pero Gabriel no retrocedió. Su mundo se había reducido al cuerpo de Aura, que yacía entre la paja, sacudida por espasmos que nacían de una conexión que ella misma había forzado por pura voluntad de venganza. No era ciencia, era el vínculo retorcido de una sangre maldita. Gabriel la levantó en vilo, sintiendo la ligereza de su cuerpo y el calor que aún emanaba de su piel, un contraste brutal con el aire gélido y tóxico que empezaba