El amanecer sobre el Lago de Resia no trajo consuelo, solo una claridad cruda que desnudaba la devastación. Aura Valente estaba de pie en la orilla, con el cuerpo envuelto en una manta térmica que Gabriel había sacado de un kit de emergencia, pero nada parecía ser suficiente para detener el temblor que nacía en la médula de sus huesos. A pocos metros, el agua negra seguía lamiendo los restos de madera y piedra del palacio sumergido. El silencio era sepulcral, roto únicamente por la respiración