El agua del Lago de Resia no era solo fría; era una mordida líquida que buscaba paralizar los músculos y detener el aliento. Aura sentía que cada centímetro de su piel, esa misma piel que horas antes ardía bajo las manos de Gabriel en el establo, ahora se contraía en una agonía gélida. El peso de su ropa empapada la arrastraba hacia el fondo, pero la mano de Gabriel, firme y callosa, la sujetaba por la muñeca bajo la superficie, guiándola hacia la base de piedra de la torre sumergida. En la osc