Carlos soltó una carcajada baja, dejó la hamburguesa sobre el plato de papel y se limpió los labios con una servilleta. Se inclinó ligeramente sobre la mesa, mirándola a los ojos con un brillo pícaro en la mirada.—Bueno... si me enfermo, al menos eso me gustaría —dijo él con tono divertido—. Porque supongo que, si me internan aquí, vendrías a visitarme a la habitación, ¿cierto?Julieta sintió un calor repentino subirle por el cuello hasta reflejarse en sus mejillas, que se pusieron de un rojo evidente. La soltura de Carlos la tomaba desprevenida con una facilidad pasmosa. Bajó la mirada hacia su té, buscando recuperar el control de la conversación.Antes de que pudiera formular una respuesta evasiva, Carlos extendió la mano a través de la mesa y cubrió la mano de Julieta con la suya. El tacto de su palma era cálido, firme, acostumbrado al trabajo duro.La sonrisa juguetona de Carlos se desvaneció, reemplazada por una expresión profunda, honesta y seria.—Julieta... no sé muy bien cóm
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