Sofía bajó la mirada por una fracción de segundo antes de soltar la petición que le quemaba por dentro, despojándose de toda timidez. —Quiero que me hagas el amor —soltó sin dudar—. Hazlo, y te juro que voy a desaparecer de tu vida para siempre. No habrá compromisos, no habrá presiones de mis padres, no habrá venganzas. Me retiraré de la alianza. Taylor se quedó inmóvil, soltando el aire por la boca en un suspiro cargado de asombro. Observó a Sofía detenidamente, reevaluándola en la penumbra. Ella no era, en absoluto, una mujer fea. Muy al contrario: poseía una belleza delicada y sumamente atractiva, con una melena de cabello negro azabache que caía sobre sus hombros, unos ojos intensos del color de la miel tibia y una estatura baja que le daba un aire frágil pero sofisticado. Sin embargo, por más hermosa que fuera Sofía, la mente de Taylor era un territorio ocupado. En su memoria permanecía grabada la imagen inolvidable de Julieta: una belleza deslumbrante, madura, envuelta en es
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