El estallido de la violenciaAlexander permanecía de rodillas, una postura que desafiaba toda su naturaleza orgullosa. Sus manos, las mismas que movían los hilos de un imperio financiero, temblaban mientras apretaban los dedos de Elena. Los besaba con una desesperación que bordeaba la locura, como si a través de su piel pudiera absorber el perdón que no merecía.Elena lo miraba desde una altura que se sentía abismal. Las lágrimas empañaban su visión, pero su corazón, endurecido por tres años de exilio y miedo, gritó antes que su voz. Con un movimiento brusco, tiró de sus manos, arrebatándole a Alexander el último rastro de contacto.—Ya es demasiado tarde para esto, Alexander —dijo ella. Su voz, aunque quebrada, llevaba el filo de una guillotina—. Las flores no crecen en la ceniza. Yo ya no quiero saber nada de ti. Nada.Se alejó de él con pasos rápidos, refugiándose en el ventanal. Tragó grueso, mirando el horizonte de la ciudad, tratando de recordar por qué había regresado. Alexande
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