Heridas del orgullo y del pasado
Julieta arrojó el trozo de algodón ensangrentado dentro del pequeño contenedor de plástico del botiquín. El sordo zumbido del aire acondicionado parecía ser el único testigo del desastre que cubría el despacho presidencial. Miró a Taylor, cuyas facciones perfectas ahora estaban deformadas por la hinchazón y los matices violáceos que el puño de Alexander había dejado como firma.
—¿Qué fue lo que sucedió realmente aquí, Taylor? —preguntó Julieta, rompiendo el sile