El intruso de la medianocheEl aire en la suite 401 se volvió súbitamente denso, cargado con el aroma de un whisky caro y el olor a tormenta que siempre parecía acompañar a Alexander Blackwood. Él seguía allí, apoyado contra el marco de la puerta con una elegancia descuidada que resultaba insultante. Su camisa de seda blanca, desabrochada en los primeros botones, dejaba ver la tensión de su cuello, y sus ojos, inyectados en una mezcla de agotamiento y fijación maníaca, no se apartaban de Elena.—Hola, Andrea —dijo Alexander, su voz vibrando con una peligrosidad que hizo que Elena retrocediera un paso.—¿Qué hace aquí? —la voz de Elena salió más firme de lo que esperaba, aunque por dentro su corazón golpeaba sus costillas como un animal enjaulado.Alexander no respondió de inmediato. En su lugar, esbozó una sonrisa lenta, cargada de una ironía oscura, y entró en la habitación cerrando la puerta tras de sí con un clic seco que sonó como una sentencia. Elena retrocedió instintivamente, r
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