Heridas de cristal
El sol de la mañana se filtraba con una agresividad gélida a través de los ventanales de la oficina de Alexander. Él sostenía el teléfono contra su oreja, con el rostro endurecido por una impaciencia que rozaba la violencia contenida. Al otro lado de la línea, la voz del investigador privado sonaba distorsionada por la estática, pero sus preguntas eran claras y molestas.
—Señor Blackwood, entienda que para empezar necesito algo más —decía el hombre—. ¿Un apellido real? ¿Un lu