El intruso de la medianoche
El aire en la suite 401 se volvió súbitamente denso, cargado con el aroma de un whisky caro y el olor a tormenta que siempre parecía acompañar a Alexander Blackwood. Él seguía allí, apoyado contra el marco de la puerta con una elegancia descuidada que resultaba insultante. Su camisa de seda blanca, desabrochada en los primeros botones, dejaba ver la tensión de su cuello, y sus ojos, inyectados en una mezcla de agotamiento y fijación maníaca, no se apartaban de Elena.