Obsesión
En la penumbra de la oficina, el ambiente se había calmado, pero era una paz frágil, como el cristal a punto de romperse. Alexander permanecía de pie junto a Julieta, su mano descansando con firmeza en su hombro. Era un gesto de protección, pero también de posesión; Alexander no sabía cuidar de otra manera que no fuera reclamando lo que consideraba suyo.
—Ya estoy bien, Alex —susurró Julieta, secándose el rastro de una lágrima con la elegancia que la caracterizaba—. No tienes por qué p