La puerta de la habitación se abrió con un chirrido aceitado, casi imperceptible, pero para Valeria sonó como el estallido de un cañón. Rafael entró portando una pequeña bandeja de plata. La luz de la luna, filtrada por las cortinas entreabiertas, recortaba su figura impecable, otorgándole una apariencia casi espectral.
—Te escuché caminar, amor —dijo él, su voz era una caricia de seda que escondía una lija—. El doctor dice que la agitación es normal, pero no podemos permitir que tu cerebro se