El frío metal de la sala de partos cortaba el aire, saturado por el pitido incesante de los monitores que medían los ritmos cardíacos de los gemelos. Wei estaba de pie al lado de la cabecera, vestido con la bata quirúrgica estéril, sosteniendo la mano de Clara con una fuerza descomunal pero cuidando de no lastimarla. Su tobillo izquierdo palpitaba de dolor, pero la adrenalina que le recorría el cuerpo borraba cualquier rastro de debilidad física. Su mente estaba concentrada en un solo objetivo: mantener con vida a su esposa y a sus hijos.Clara tenía el rostro empapado en sudor, los cabellos pegados a la frente y los ojos inyectados en sangre por el esfuerzo sobrehumano. Una nueva contracción la partió en dos, haciéndola arquear la espalda contra la camilla.—¡¡¡AHHHH, WEI, NO PUEDO MÁS, ME DUELE DEMASIADO, CARAJO!!! —gritó Clara, perdiendo la respiración, con la garganta rota por el dolor.—¡Mírame, mi loto! ¡No me sueltes! —le rugió Wei, inclinándose sobre ella, pegando su frente a
Leer más