La puerta de la cabaña se cerró con un eco pesado tras la salida de la ginecóloga, dejando tras de sí un silencio denso, casi asfixiante. En la penumbra de la habitación, la bandeja del desayuno yacía intacta. El peso de la revelación aplastaba el aire.Clara se quedó estática en el borde de la cama, con la mirada perdida en la pantalla apagada del ecógrafo. Sus manos temblorosas se posaron sobre su vientre, pero esta vez no había una sonrisa; el miedo absoluto había tomado el control de su cuerpo. De pronto, su respiración se volvió errática, rápida, superficial. El pánico la estaba ahogando.—No puedo, Wei... No puedo con esto —comenzó a susurrar Clara, con la voz quebrada, balanceándose levemente—. Son dos... ¡son dos bebés! Andan en peligro por mi culpa. No quiero que les pase nada, no podría soportar verlos sufrir. ¡No puedo con esto!La ansiedad la invadió por completo; comenzó a hiperventilar, con los ojos llenos de lágrimas que desbordaban sin control. Al verla así, el implaca
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