El aire del hospital central del norte se cortó de golpe cuando las puertas automáticas de la entrada de urgencias se abrieron de par en par. Arrieta no esperó a que los enfermeros acercaran la camilla; impulsado por una descarga pura de adrenalina y un instinto de protección feroz, metió sus brazos robustos debajo de Mein Ling, la cargó firmemente contra su pecho y se adentró en los pasillos a paso veloz.
—¡Abran paso! ¡Doctor de guardia, muévase! —rugió Arrieta, con una voz imponente que hizo