El frío metal de la sala de partos cortaba el aire, saturado por el pitido incesante de los monitores que medían los ritmos cardíacos de los gemelos. Wei estaba de pie al lado de la cabecera, vestido con la bata quirúrgica estéril, sosteniendo la mano de Clara con una fuerza descomunal pero cuidando de no lastimarla. Su tobillo izquierdo palpitaba de dolor, pero la adrenalina que le recorría el cuerpo borraba cualquier rastro de debilidad física. Su mente estaba concentrada en un solo objetivo: