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La habitación estaba apenas iluminada por velas antiguas, su llama temblando como si también temiera lo que allí se tramaba. Las cortinas pesadas dejaban entrar la luna a medias, bañando los cuerpos en una penumbra dorada.

Iris Valente yacía sobre las sábanas desordenadas, su piel aún tibia, su respiración lenta y satisfecha. A su lado, uno de los Antiguos —envuelto todavía en la arrogancia de su linaje milenario— la observaba con una sonrisa ladeada.

—Debo admitirlo —dijo él, pasando un dedo
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