El calor bajo la carpa blanca empezaba a ser agobiante, León se pasó un dedo por el cuello de la camisa, que le apretaba más de la cuenta, no estaba nervioso por casarse; estaba nervioso porque cada vez que miraba hacia los árboles del perímetro, veía el brillo de una mira telescópica de los hombres de Konstantin.Bruno Vane, que hacía las veces de padrino porque no había nadie más, consultó su reloj. —Van tres minutos tarde.—Es la novia —dijo León, sin apartar la vista de la puerta de la casa—. Tiene derecho.—O es tu suegro dándole las últimas instrucciones al equipo de seguridad.León no contestó, miró a los pocos invitados, estaban los médicos, dos enfermeras, el servicio de la casa y Adrián, su jefe de seguridad, que no paraba de tocarse el auricular en su oído, parecía más un velorio tenso que una boda.La música empezó a sonar, era un cuarteto de cuerda que Konstantin había traído de quién sabe dónde, tocaban algo clásico, bonito, pero que sonaba triste en aquel jardín silenci
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