La mañana siguiente a la Gala de la Luna Llena no trajo la calma, sino la cruda realidad para los caídos. El sol de la montaña se alzaba sobre el territorio de los Del Fuego, iluminando los campos de entrenamiento donde los guerreros de menor rango, los "Omegas de choque", realizaban sus tareas más ingratas. Allí, donde el lujo de la mansión no era más que un eco lejano, Ciro Del Fuego se encontraba de pie, temblando no de frío, sino de una rabia impotente que le quemaba las entrañas.Vestido con un mono de lona áspera, lejos de sus trajes italianos y sus relojes de oro, Ciro sostenía una pala. Frente a él, los establos de los lobos guardianes —bestias enormes que no cambiaban a forma humana y que requerían cuidados constantes— desprendían un olor fétido.—Muévete, "heredero" —la voz de Mateo, el segundo de Severo, restalló como un látigo—. Esas cuadras no se van a limpiar solas. Y recuerda, por orden de la Gran Luna, no puedes usar tu fuerza de lobo. Debes hacerlo como un humano. Com
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