El sol comenzaba a asomarse sobre Valdris, teñiendo el cielo de tonos naranja, rosa y azul pálido. La nieve de enero cubría la Villa Emberfall con un manto blanco, pero en el interior del atelier comunitario, la luz del fuego y las lámparas creaba un ambiente cálido y acogedor. Elara estaba de pie frente al lienzo monumental que había terminado meses antes—El legado de la cruz—y observaba cómo los rayos del sol entraban por las ventanas, iluminando los colores vibrantes que representaban su vida. Mason se acercó a ella, con café en la mano, y la abrazó por los hombros: “Hoy es el día”, dijo. “El día en que tu legado se consolida”.
Elara asintió, sus ojos llenos de emoción. Había sido invitada a presentar su proyecto global de talleres de pintura para niños en zonas de conflicto ante la Asamblea General de la ONU en Nueva York. Pero antes de partir, quería cerrar el círculo en Valdris, reunir a todos los que habían formado parte de su camino, y dejar claro que el legado de la cruz no e